lunes, octubre 22, 2007

El navío Vasa

Pienso que objetivamente hablando está mal reirse de las tragedias humanas. Sin embargo mi cerebro se revela en ocasiones contra este axioma cuando me recuerdo la historia de un singular navío de la corona sueca bautizado "Vasa" (Wasa).

La navegación nunca ha sido sencilla, y solamente en el siglo pasado, gracias numerosos avances tecnológicos, se puede considerar que se consiguió la supremacía sobre el mar en lo tocante a moverse por su superficie. Pero antes no lo tenían tan facil.

Para ejemplificar esto vamos a retroceder un poco, más o menos hasta el año 1625. Por aquella época Suecia se encontraba en guerra con Polonia, y el rey Gustavo II se encontraba en la necesidad de conseguir la supremacía sobre el mar Báltico. Para ello acordó la construcción de cuatro navíos que se convirtieran en el terror del mar del norte. El primero de ellos fue bautizado como Wasen y se planeaba que fuera superior a cualquier navío visto antes. Es de notar, en palabras del almirante Carrero Blanco, que si bien la navegación ha cambiado mucho en el devenir de los siglos, este prurito acerca de la superioridad de las nuevas naves con respecto a las antiguas no lo ha hecho. En muchas ocasiones ha motivado mejoras y progreso y en otras sonados fracasos e incluso tragedias.

El caso es que el plan se aprobó e inmediatamente se inició la tarea en los astilleros de Estocolmo, y durante tres años se levantó un magnífico navío en ellos, impresionante tanto en lo tocante a artillería como en lo ornamental. De esta manera llegamos al verano del año 1628, con Estocolmo llena de banderas y celebraciones para festejar en viaje inaugural del mayor y más hermoso buque de la corona de Suecia que se hubiera visto nunca. Un vecino cualquiera del Estocolmo de 1628 se habría maravillado ante la arboladura que se elevaba más de cincuenta metros sobre la linea de flotación y las inmensas velas, ante el pan de oro y las numerosas esculturas que jalonaban la popa y proa del navío, y sobre todo ante las 64 portas (todas abiertas para la solemne ocasión) que mostraban cada una la boca de un cañón. Pero muy probablemente ni este vecino ni ningún otro sabían que las pruebas para testear la estabilidad del buque se habían suspendido porque el casco no había resistido la prueba de tener treinta tripulantes corriendo de una borda a otra (no os riais, no había otra manera de hacerlo) y había estado a punto de zozobrar a pesar de estar el barco en el puerto y la mar en calma. Las caras del almirante y de los mandos militares presentes debieron ser un poema.

Pero volviendo a la celebración, llegó el momento de partir, se dio orden de levar anclas, las majestuosas velas del navío se desplegaron, se hincharon y el inmenso Vasa comenzó a alejarse lentamente del puerto mecido por la suave brisa mientras sus cañones lanzaban salvas de saludo. Pero el caso es que, apenas navegada una milla, una racha de viento hizo escorar al barco más de lo recomendable y el agua comenzó a entrar por las portas de la batería inferior, que seguían abiertas. Poco después el Vasa zozobró y se fue al fondo.

Bueno, no parece demasiado impresionante, pero hay un epílogo a esta historia. Puede parecer un poco absurdo decir esto, pero ahora mismo el malogrado Vasa, si bien no consiguió un palmarés militar y marinero demasiado extenso (navegó poco más de un kilómetro antes de hundirse), tiene un inmenso valor histórico. El pecio fue reflotado en 1961 y conservado en un museo. Se rescataron multitud de objetos de toda índole y ahora mismo el Vasa es tan querido por el pueblo de Estocolmo como lo fue en 1628, aunque por razones bien distintas.

Se me ocurren varias reflexiones que hacer acerca de esta historia, pero hoy no me siento demasiado profundo, así que me voy a quedar con la anécdota. No puedo evitar sonreir al recordarla. Y sonrío aún más si cabe porque en la historia de la marina española hay un ejemplo similar; y no es otro que el navío Santísima Trinidad, el cual era un monstro que adolecía de los mismos problemas que el Vasa y que, aunque contaba con más artillería que ningún otro navío de la época, nunca fue una máquina de combate eficiente. En la época de Trafalgar contaba ya con dos reconstrucciones en su estructura, y aún así seguía siendo muy lento y extremadamente inestable.

Estos dos barcos son ilustrativos de un problema histórico. Pero de eso hablaré otro día.
Me voy a comer algo.

5 comentarios:

Eleder dijo...

Espero que el barquito este esté en la Historia como una maravillosa muestra de lo que el orgullo, añadido a la inepcia humana, pueden conseguir XDD Me ha encantado!

Anónimo dijo...

Bueno, una lectura fácil y obvia es que no por ser más grande es mejor. O algo ;)

Foxstar dijo...

La esencia, dicen, se guarda en frasco pequeño, como desgraciadamente Drake y sus corsarios nos demostraron. Ya había oido hablar del "superbuque" Nórdico en un documental del Canal Historia, y la recreación de aquel día fue magnífica.
Pero, a pesar de tan sonado y estrepitoso fracaso, la Marina de tal país siguió siendo orgullosa. Quizá no con un supernavio...pero a veces vale más lo que se sabe usar, que lo aparatoso.

Pero...tú a qué horas comes??? no duermes? XD

Capitan Napalm dijo...

La idea fundamental viene a ser que el orgullo a priorístico es una puta mierda, mientras que el orgullo a posteriori es legítimo.

Gorpik dijo...

La pena es que los muertos del naufragio fueron los familiares de los trabajadores del astillero, a los que invitaron a hacer el viaje inaugural. Los que parieron el engendro sólo pasaron un rato de bochorno.